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17 oct. 2017

Bambi

"-Bambi es alegre, no?-
-Hombre...yo como película alegre no la etiquetaría...-Muere la madre, vaya...-"
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12 oct. 2017

Salga el sol por Antequera


A aquel tiempo de luchas y fronteras se remonta la leyenda de la Peña de los Enamorados que recuerda el desatado amor entre una princesa árabe y un caballero cristiano. Las crónicas recuerdan que pocos años antes de la conquista de la ciudad un soldado del rey Fernando cayó preso en un pueblo próximo a la Antequera árabe. Hecho prisionero en las mazmorras de la alcazaba, una mañana recibió la visita de la hija del rey moro, una joven de belleza paralizadora conocida con el nombre de Tazgona que tras cruzar su mirada con el joven Tello cayó rendida por amor.
Desde ese día la princesa buscó toda suerte de excusas para bajar a diario a las mazmorras donde en compañía de su soldado urdieron juntos el modo de escapar no sólo de esa lúgubre cárcel sino de la ciudad. Tazgona y Tello eran conscientes de que pertenecían a reinos y culturas distintas, y que ni árabes ni cristianos verían jamás con buenos ojos su unión. Provistos con el amor como única arma, los jóvenes escaparon una mañana, pero pocos minutos después de la huida, al rey árabe llegó la noticia de la fuga.
El padre de la princesa Tazgona encabezó un batallón que trató de dar caza y muerte al soldado cristiano. La mala suerte quiso que ese mismo día las tropas cristianas asediaran Antequera, por lo que los dos amantes, acorralados e indefensos, decidieron subir hasta la cima de una afilada peña visible desde todos los caminos que conducen a la ciudad malagueña. En ella prefirieron arrojarse al vacío y despeñar sus cuerpos antes que separarse. Cogidos de las manos y ensangrentados, el rey árabe y el rey cristiano contemplaron a los amantes y angustiados decidieron declinar cualquier lucha para hacerse con el gobierno de la ciudad.

11 oct. 2017

Curiosidad

Es curioso como, movidas por el viento, unas láminas de cristal de una lámpara de techo, pueden sonar como el mar
Olha que coisa mais linda
mais cheia de graca 
é ela menina 
que vem e que passa
num doce balanco caminho do mar...

Una canción brasileña sonaba de fondo mientras ella se dedicaba a soñar. 
Después de tanto tiempo, esa fuerte sensación volvía a invadirla, y cada día lo veía mas claro.

De pronto se encontró bailando por la noche en la playa, mientras él la miraba sonriendo, pensando que estaba loca, pero le encantaba aquello.  Ella, de forma risueña, bailó hacia él y lo animó a bailar.
-Pero si yo no sé bailar...-
-No nos ve nadie, solo la luna...y si quieres, yo cierro los ojos-
El sonrió y la miró. Comenzaron a moverse bajo la tímida música que se escuchaba, y ella, haciéndose hueco entre su hombro y su cuello, se acomodó, y cerró los ojos, como le había dicho. 
-No entiendo de bailes, pero aún con los ojos cerrados, me haces sentir en el cielo-
El se paró en seco. María levantó la cabeza y se encontró la sonrisa más bonita del mundo.
-Sabes que te quiero, ¿verdad?-
-Ya sabes que tengo mala memoria, repítemelo- le dijo mientras reía.
-Te quiero, boba-
-Te quiero, grandullón- 

Ah! se ela soubesse que quando ela passa
o mundo sorrindo se enche de graca
e fica mais lindo por causa do amor.


Carrusel

El carrusel no deja de girar. Nadie tiene una memoria perfecta o completa. Mezclamos las cosas, perdemos la noción del tiempo, estamos en un sitio, luego en otro. Y todo parece un momento largo e inexorable. Entonces, ¿qué significa? ¿Qué estaremos olvidando? ¿Qué trozos nos perseguirán? ¿Nos harán daño? ¿Terminarán con nosotros? ¿Nos inspirarán? Como decía mi madre: El carrusel no deja de girar. No puedes bajarte

5 oct. 2017

ser español

No cariño, tú no eres español. Ser español no es llevar la bandera, ni gritar como un berraco frases de odio que espero que no sientas. Tampoco lo es ponerse una pulserita en la muñeca, ni cantar el cara al sol. El concepto de ser español es algo totalmente distinto, o al menos lo debería ser, porque a estas alturas de la historia yo ya no sé qué decirte.
Como española que soy, te voy a contar lo que para mí es ser español:
Ser español es arder cuando arde Doñana o temblar cuando tembló Lorca; es sentarte a escuchar historias de meigas en Galicia y llegar a creértelas,  y es presumir de que las Canarias nada tienen que envidiarle al Caribe.
Sentirse español es sufrir por no haber podido vivir la movida madrileña, enamorarte del mar al oír Mediterráneo de Serrat, es pedirle borracha a tu amiga catalana que te enseñe a bailar sardanas, querer ir a Cádiz a ver los carnavales y sorprenderte al ver lo bonita que es Ceuta. 
Para mí ser español es presumir de que en Andalucía tenemos playa, nieve y desierto;, pedirle a un asturiano que me enseñe a escanciar la sidra y morirme de amor viendo las playas del País Vasco en Juego de Tronos. 
También es española la cervecita de las 13.00, el orujo gallego, la siesta, el calimotxo, la paella, la tarta de Santiago, las croquetas de tu abuela y la tortilla de patatas. Lo son las ganas de mostrarle lo mejor de tu ciudad al que viene de fuera y que tú le preguntes por la suya; es hacerte amiga de un vasco y pedirle que te enseñe los números en euskera, por si pronto vuelves a por 2 ó 3 pintxos; es enorgullecerte de ser el país ejemplo a nivel mundial en trasplantes, de formar parte de la tierra de las mil culturas y de ser los del buen humor. 
No hay nada más español que se te pongan los vellos de punta con una saeta o con una copla bien cantá, atardecer en las playas de Cádiz, descubrir casi sin querer calas paradisiacas en Mallorca, hacer el camino de Santiago en septiembre maldiciendo el frío o que Salamanca y Segovia te enseñen que no hay que ser grande para ser preciosa.
Así que, acho, picha, miarma, perla, tronco, tete, mi niño… eso es ser español, lo otro es política. Pero si de política quieres impregnar este concepto, también te vuelvo a decir que te equivocas: porque ser español no es desear que le partan la cara a nadie, es sufrir la situación de paro de tu vecino o el desahucio que has visto en la tele; ser español no es oprimir el SÍ o el NO de toda una comunidad autónoma, es indignarte cuando nos llaman gilipollas con cada nuevo caso de corrupción; ser un buen español es querer que en tu país no haya pobreza, ni incultura, ni enfermos atendidos en pasillos del hospital y, joder, querer quedarte aquí para trabajar y aportar todo lo que, durante tanto tiempo, precisamente aquí has aprendido.
Eso es ser español, o al menos, eso espero.


Laura Moreno

¿Por qué no puedo decir que a veces soy infeliz?

Quiero que pienses por un momento cuándo fue la última vez que mentiste al responder "Bien" cuando te preguntaron "¿Qué tal?". O cuándo sonreíste amablemente y diste los buenos días aunque en realidad llevases una semana en la que se te iban solapando los días malos.
Es normal. Es por el bien común. No vas a ponerte a llorar en el transporte público por el simple hecho de que es lunes y estás harto de todo. No vas a llegar y le vas a decir al portero del edificio donde trabajas que menudo día de mierda te espera. Ni tampoco vas a entrar por la oficina canturreando "a los malos diiiiiias". No quieres que tus compañeros te eviten a la hora del café ni que tu jefe te mande a hablar con Recursos Humanos.
La sociedad en la que vivimos es un poco hipócrita: una sociedad construida sobre un buen puñado de normas decorosas para la convivencia, de conversaciones de ascensor y de sonrisas amables. De "buenos días" aunque sean las 8 de la mañana de un jueves de enero en el que caen chuzos de punta. Un mundo creado para permitirnos convivir los unos con los otros, para tolerarnos y para no causarnos demasiada molestia. Un mundo en el que no sabemos reaccionar cuando alguien nos da malas noticias. Donde preferimos dar un pésame por Whatsapp porque nos da corte darlo a la cara. Un lugar en el que siempre que te preguntan "qué tal", aunque estés viviendo un tormento interior, siempre responderás que "muy bien, gracias, qué tal tú".
No nos permitimos levantar la voz, chillar o llorar en público porque qué bochorno. De cara a la galería casi no nos permitimos siquiera tener un mal día. No nos permitimos rompernos y desmoronarnos a no ser que sea en confianza, en compañía de alguien a quien conoces mientras sostienes una copa de vino y dices con un nudo en la garganta que no puedes más. Que no puedes más con tu mierda de trabajo, con el imbécil de tu jefe o con el capullo de tu novio. Que no puedes aguantar ni un minuto más en esa relación o que no soportas estar otros seis meses solo. Que no puedes más con las goteras en tu piso. Con la subida del alquiler. Con los atascos. Con el bebé llorón de los vecinos. Con la hora de vida que pierdes todos los días para ir a trabajar. Con la polución. Con la gentrificación. Con la situación de Catalunya. Con Rajoy. Con Trump. Con el calentamiento global y con los pobres osos polares que se están muriendo en el Polo Norte. Que no puedes más en general. O, mejor dicho, en particular: tú en particular no puedes más con ese pesar que llevas dentro.
Como digo, es por el bien común. Tener ciertas normas sociales es importante para que podamos soportarnos los unos a los otros, para no convertir el tiempo que tenemos sobre la tierra en un maldito infierno. Pero al mismo tiempo nuestra convivencia en sociedad nos ha enseñado que las emociones negativas no son bien vistas, que no está bien airear tus problemas y que es casi un fracaso absoluto mostrar tus vulnerabilidades.
Si has visto 'Inside Out' (Pixar, 2015) sabrás de lo que te hablo. Desde que la vi por primera vez pensé en cómo esta película para críos es un regalo para todos esos adultos que tienen algunos problemitas para lidiar con sus emociones. Es decir, para cualquier adulto. Ese regalo es esa píldora de sabiduría de que hay que concederle a la tristeza su espacio, exactamente igual que se lo concedes al resto de tus emociones.
Yo soy infinitamente más feliz desde que me permito tener mis días tristes. Antes, cuando me sentía triste entraba en una fase de negación de mis problemas y ocupaba la mente en otras cosas. Leía, veía series, cocinaba o quedaba con amigos. Con el tiempo, 'Inside Out' y algo de terapia, me di cuenta de que aquella estrategia era como esconder el polvo debajo de la alfombra: en el fondo no estás limpiando nada y, aunque no la veas, la mierda sigue bajo tus pies.
No recuerdo exactamente qué día decidí levantar aquellas alfombras y dejarme arrastrar por la tristeza como si fuera un torturadísimo personaje ideado por una de las Brontë. Me puse el uniforme de estar triste (un pijama), tomé mis alimentos de estar triste (comida basura) e hice mis cosas de persona triste (como pegarme seis horas delante del televisor hasta que Netflix se preocupó por mi estado de salud, tirarme tres horas mirando el techo mientras analizaba todos y cada uno de los errores que he cometido en mi vida desde que cumplí los 12 años y, por supuesto, llorar hasta quedarme dormida). Y oye, qué bien, al día siguiente estaba como nueva. Fue liberador.
Desde entonces abrazo mis días de pena. Hablo de penas pasajeras. Tristezas naturales. Tristezas que deberían estar completamente normalizadas pero que sin embargo no lo están. De esos días en los que no te soportas ni tú. No tienen que venir de ningún disgusto, ni de ningún drama en particular. O quizás sí. Hablo de pararte y pensar, de echar de menos, de arrepentirte o de no sentirte en plenitud. Hablo de aceptar que todo eso es tan normal como levantarte un día de un humor fantástico.
Las emociones no son estatuas. Y desde que acepté esto me siento mucho mejor. Ni más vulnerable ni más fuerte que antes. Nadie puede estar siempre feliz ni siempre puede estar triste, lo cual es un consuelo. Y es que si no tuviésemos esos días nublados, no apreciaríamos lo bonito que es el cielo azul.

-Beatriz S.-