5 oct 2017

ser español

No cariño, tú no eres español. Ser español no es llevar la bandera, ni gritar como un berraco frases de odio que espero que no sientas. Tampoco lo es ponerse una pulserita en la muñeca, ni cantar el cara al sol. El concepto de ser español es algo totalmente distinto, o al menos lo debería ser, porque a estas alturas de la historia yo ya no sé qué decirte.
Como española que soy, te voy a contar lo que para mí es ser español:
Ser español es arder cuando arde Doñana o temblar cuando tembló Lorca; es sentarte a escuchar historias de meigas en Galicia y llegar a creértelas,  y es presumir de que las Canarias nada tienen que envidiarle al Caribe.
Sentirse español es sufrir por no haber podido vivir la movida madrileña, enamorarte del mar al oír Mediterráneo de Serrat, es pedirle borracha a tu amiga catalana que te enseñe a bailar sardanas, querer ir a Cádiz a ver los carnavales y sorprenderte al ver lo bonita que es Ceuta. 
Para mí ser español es presumir de que en Andalucía tenemos playa, nieve y desierto;, pedirle a un asturiano que me enseñe a escanciar la sidra y morirme de amor viendo las playas del País Vasco en Juego de Tronos. 
También es española la cervecita de las 13.00, el orujo gallego, la siesta, el calimotxo, la paella, la tarta de Santiago, las croquetas de tu abuela y la tortilla de patatas. Lo son las ganas de mostrarle lo mejor de tu ciudad al que viene de fuera y que tú le preguntes por la suya; es hacerte amiga de un vasco y pedirle que te enseñe los números en euskera, por si pronto vuelves a por 2 ó 3 pintxos; es enorgullecerte de ser el país ejemplo a nivel mundial en trasplantes, de formar parte de la tierra de las mil culturas y de ser los del buen humor. 
No hay nada más español que se te pongan los vellos de punta con una saeta o con una copla bien cantá, atardecer en las playas de Cádiz, descubrir casi sin querer calas paradisiacas en Mallorca, hacer el camino de Santiago en septiembre maldiciendo el frío o que Salamanca y Segovia te enseñen que no hay que ser grande para ser preciosa.
Así que, acho, picha, miarma, perla, tronco, tete, mi niño… eso es ser español, lo otro es política. Pero si de política quieres impregnar este concepto, también te vuelvo a decir que te equivocas: porque ser español no es desear que le partan la cara a nadie, es sufrir la situación de paro de tu vecino o el desahucio que has visto en la tele; ser español no es oprimir el SÍ o el NO de toda una comunidad autónoma, es indignarte cuando nos llaman gilipollas con cada nuevo caso de corrupción; ser un buen español es querer que en tu país no haya pobreza, ni incultura, ni enfermos atendidos en pasillos del hospital y, joder, querer quedarte aquí para trabajar y aportar todo lo que, durante tanto tiempo, precisamente aquí has aprendido.
Eso es ser español, o al menos, eso espero.


Laura Moreno

¿Por qué no puedo decir que a veces soy infeliz?

Quiero que pienses por un momento cuándo fue la última vez que mentiste al responder "Bien" cuando te preguntaron "¿Qué tal?". O cuándo sonreíste amablemente y diste los buenos días aunque en realidad llevases una semana en la que se te iban solapando los días malos.
Es normal. Es por el bien común. No vas a ponerte a llorar en el transporte público por el simple hecho de que es lunes y estás harto de todo. No vas a llegar y le vas a decir al portero del edificio donde trabajas que menudo día de mierda te espera. Ni tampoco vas a entrar por la oficina canturreando "a los malos diiiiiias". No quieres que tus compañeros te eviten a la hora del café ni que tu jefe te mande a hablar con Recursos Humanos.
La sociedad en la que vivimos es un poco hipócrita: una sociedad construida sobre un buen puñado de normas decorosas para la convivencia, de conversaciones de ascensor y de sonrisas amables. De "buenos días" aunque sean las 8 de la mañana de un jueves de enero en el que caen chuzos de punta. Un mundo creado para permitirnos convivir los unos con los otros, para tolerarnos y para no causarnos demasiada molestia. Un mundo en el que no sabemos reaccionar cuando alguien nos da malas noticias. Donde preferimos dar un pésame por Whatsapp porque nos da corte darlo a la cara. Un lugar en el que siempre que te preguntan "qué tal", aunque estés viviendo un tormento interior, siempre responderás que "muy bien, gracias, qué tal tú".
No nos permitimos levantar la voz, chillar o llorar en público porque qué bochorno. De cara a la galería casi no nos permitimos siquiera tener un mal día. No nos permitimos rompernos y desmoronarnos a no ser que sea en confianza, en compañía de alguien a quien conoces mientras sostienes una copa de vino y dices con un nudo en la garganta que no puedes más. Que no puedes más con tu mierda de trabajo, con el imbécil de tu jefe o con el capullo de tu novio. Que no puedes aguantar ni un minuto más en esa relación o que no soportas estar otros seis meses solo. Que no puedes más con las goteras en tu piso. Con la subida del alquiler. Con los atascos. Con el bebé llorón de los vecinos. Con la hora de vida que pierdes todos los días para ir a trabajar. Con la polución. Con la gentrificación. Con la situación de Catalunya. Con Rajoy. Con Trump. Con el calentamiento global y con los pobres osos polares que se están muriendo en el Polo Norte. Que no puedes más en general. O, mejor dicho, en particular: tú en particular no puedes más con ese pesar que llevas dentro.
Como digo, es por el bien común. Tener ciertas normas sociales es importante para que podamos soportarnos los unos a los otros, para no convertir el tiempo que tenemos sobre la tierra en un maldito infierno. Pero al mismo tiempo nuestra convivencia en sociedad nos ha enseñado que las emociones negativas no son bien vistas, que no está bien airear tus problemas y que es casi un fracaso absoluto mostrar tus vulnerabilidades.
Si has visto 'Inside Out' (Pixar, 2015) sabrás de lo que te hablo. Desde que la vi por primera vez pensé en cómo esta película para críos es un regalo para todos esos adultos que tienen algunos problemitas para lidiar con sus emociones. Es decir, para cualquier adulto. Ese regalo es esa píldora de sabiduría de que hay que concederle a la tristeza su espacio, exactamente igual que se lo concedes al resto de tus emociones.
Yo soy infinitamente más feliz desde que me permito tener mis días tristes. Antes, cuando me sentía triste entraba en una fase de negación de mis problemas y ocupaba la mente en otras cosas. Leía, veía series, cocinaba o quedaba con amigos. Con el tiempo, 'Inside Out' y algo de terapia, me di cuenta de que aquella estrategia era como esconder el polvo debajo de la alfombra: en el fondo no estás limpiando nada y, aunque no la veas, la mierda sigue bajo tus pies.
No recuerdo exactamente qué día decidí levantar aquellas alfombras y dejarme arrastrar por la tristeza como si fuera un torturadísimo personaje ideado por una de las Brontë. Me puse el uniforme de estar triste (un pijama), tomé mis alimentos de estar triste (comida basura) e hice mis cosas de persona triste (como pegarme seis horas delante del televisor hasta que Netflix se preocupó por mi estado de salud, tirarme tres horas mirando el techo mientras analizaba todos y cada uno de los errores que he cometido en mi vida desde que cumplí los 12 años y, por supuesto, llorar hasta quedarme dormida). Y oye, qué bien, al día siguiente estaba como nueva. Fue liberador.
Desde entonces abrazo mis días de pena. Hablo de penas pasajeras. Tristezas naturales. Tristezas que deberían estar completamente normalizadas pero que sin embargo no lo están. De esos días en los que no te soportas ni tú. No tienen que venir de ningún disgusto, ni de ningún drama en particular. O quizás sí. Hablo de pararte y pensar, de echar de menos, de arrepentirte o de no sentirte en plenitud. Hablo de aceptar que todo eso es tan normal como levantarte un día de un humor fantástico.
Las emociones no son estatuas. Y desde que acepté esto me siento mucho mejor. Ni más vulnerable ni más fuerte que antes. Nadie puede estar siempre feliz ni siempre puede estar triste, lo cual es un consuelo. Y es que si no tuviésemos esos días nublados, no apreciaríamos lo bonito que es el cielo azul.

-Beatriz S.-

14 sept 2017

Andres

Andres estaba algo distante aquellos días, como ya empezaba a ser algo habitual en él.
No sabía ya que inocente excusa poner para evitar las preguntas incomodas y en las que él tenía que mentir.
Mientras sonaba "estadio azteca", de Calamaro, su mente se iba muy muy lejos del sitio donde se encontraba. Ya daba igual cuantos abrazos le dieran en un solo día, no le sabían a nada, porque iban sin sazonar. Iban obligados, y que alguien "te quiera" por obligación, no iba con el.
Quería ser la prioridad de alguien, de alguien que le quisiera simplemente por quien era. Que olvidara el físico (que va y viene), que no fuera de persona madura cuando después demostraba a los dos minutos que era una persona muy infantil, que no fuera egoista...
Podía parecer una estupidez,para la sociedad,  pero Andres solo quería sentirse amado y amar de verdad.

Cuentos de hadas

La cuestión es que es difícil dejar que los cuentos de hadas desaparezcan; a casi todo el mundo le queda una mínima esperanza de que un día abrirá los ojos y verá que se han hecho realidad. Cuando el día llega a su fin, la fe es un misterio, aparece cuando menos te lo esperas. Es como si un día te dieras cuenta de que los cuentos no son exactamente como habías soñado. El castillo, puede que no sea un castillo; no es tan importante eso de ser felices para siempre, basta con ser felices en el momento. A veces, muy de vez en cuando, la gente puede darte una grata sorpresa; de vez en cuando, la gente te deja sin respiración...

10 sept 2017

La primavera viene

Por qué no habrá un punto limpio al que llevar los recuerdos?O un vertedero de historias que queremos desechar?Por qué no habrá un contenedor para tirar los miedos?
Donde se reciclan los instantes de felicidad?
Porque deseamos con todas nuestras fuerzas cambiar el mundo, y  cuando tenemos ocasión de hacerlo no lo queremos cambiar?
Por que somos capaces de enamorarnos en un solo segundo
Y al segundo siguiente nos dedicamos a odiar?
Porque deseo hoy ahogarme en el perfume de tu cuello
Para desear nuevamente mañana despertar en soledad?
Porque siento envidia de las parejas que de la mano veo dar un paseo
Y llego a casa y siento fobia de volverme a enamorar?
Somos eternos otoños, que dejan caer sus hojas para volver a empezar,
Y maldecimos al frío cuando se acerca el invierno
La primavera viene para recordarnos que un día supimos amar
Y el verano abrasa nuestras almas para que se inicie nuevamente el cuento.

Aquel día, Andrés se había despertado antes de costumbre. Miró a su lado, y vio a su novia aún durmiendo. Lo primero que hizo, como ya era costumbre, fue coger el movil, se olvidó del beso de buenos días a su chica, ni un "buenos días princesa" (que realmente nunca se lo habia dicho). Todo eso quedó sustituido por el movil. María se despertó, miro a su chico y lo primero que vio fue el movil.
-Y así, empieza otro dia igual-, pensó para sus adentros.
Un "buenos días" sutil y seco fue lo que sacó a ambos de la cama. La sensación de estar en el aire cada vez se iba apagando más, pero claro, no eran ya unos adolescentes enamorados, ni mucho menos. Eran adultos, o eso creian ambos. Parece que la seriedad de la rutina había cedido ante el amor y el cariño que se supone que tenia que haber entre ambos.
Era duro verse así. María solo quería que aquel amor volviera a coger la fuerza y la magia del principio, resurgiera como un fenix de sus cenizas, y volvieran a volar juntos. Pero cuando es una cosa de dos, no vale que solo uno haga todo el esfuerzo.

1 sept 2017

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que
parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... 
Ah, querida, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana
residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo 
espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara,destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los 
ojos como un bando de gorriones. 
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por 
eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve. 
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice 
las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me 
ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. 
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un
conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo 
sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. 
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal 
vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y 
propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método.